por Henry Hart
Los críticos y otros estudiosos del arte de la interpretación establecen dos tipos de actores y actrices de éxito: los que gracias a su capacidad proyectan una imagen ante la cual el público reacciona favorablemente y los que proyectan dicha imagen mediante la pura fuerza de la personalidad.
Como tantas generalizaciones, ésta no es cierta en todos los casos, pero en el de Bette Davis sí lo es y por partida doble. Consiguió primero proyectar una imagen que era la esencia de su personalidad y ha sobrevivido como estrella porque fue lo bastante inteligente y laboriosa como para aprender el arte de la interpretación.
Este orden de prioridades, la personalidad primero y la preparación después, es el usual, y muchas actrices, si sus carreras continúan hasta la mediana edad y más allá de ella, deben su longevidad profesional a la suerte, la ambición, o cualquier otra cosa que las haya inducido a dominar su oficio. En el teatro, e indudablemente en la pantalla, el arte supera a la naturaleza.
Sin embargo, un actor o una actriz puede poseer a la vez oficio y personalidad y, aun así, no convertirse en una estrella de primera magnitud, pues, a menos que se trate de un artista de talla considerable, la imagen que él o ella proyecta habitualmente, y aquella con la que se le identifica en la mente del público, debe ajustarse a lo que los alemanes llaman Zeitgeist, o a alguna parte de ésta.
Por desgracia, no hay una palabra que exprese plenamente todas las ideas que Zeitgeist designa. «El espíritu de los tiempos» es la traducción usual, pero «espíritu» es ambiguo y «de los tiempos» es impreciso. Filosóficamente, Zeitgeist significa la totalidad de tendencias importantes --culturales, morales, económicas y políticas-- en un lugar y en un momento determinados. Incluso actores y actrices completos pueden no llegar a la cima porque en el aspecto intelectual, temperamental o político no simpaticen o conecten con la Zeitgeist prevaleciente en la nación o región en la que actúan. Y cuando la Zeitgeist cambia, las estrellas que no cambian declinan y caen.
La parte de nuestra Zeitgeist a la que la imagen de la señorita Davis se ajustó en la pantalla es al feminismo.
Esto no quiere decir que los filmes de Bette Davis hayan constituido una abierta propaganda feminista. Lo que se pretende afirmar es lo siguiente: en cada uno de sus papeles el público detectó un ejemplo de «la nueva mujer». Como resultado de ello, las mujeres sentían un doble placer al verla, puesto que, además de una buena actuación, presenciaban cómo una semejante se enfrentaba al varón con una nueva independencia, además de hacerlo con el tradicional talante femenino.
¿Por qué gustaba a los hombres? No estoy seguro de que en realidad fuese así. Los hombres tienen fama de sentirse fascinados por aquellas mujeres que menos se preocupan por sus intereses. Algunos disfrutan observando a una mujer a la que suponen difícil de dominar y la acechan, averiguando qué puertas están cerradas y qué ventanas han quedado abiertas. Algunos hombres conocidos míos se complacían presenciando el fenómeno de la propia Bette Davis --una joven no especialmente guapa, de hecho ligeramente exoftálmica-- que se comportaba con una arrogancia que se apoyaba... ¿en qué?
El «qué» lo describen de muy diferente manera los admiradores y los detractores de la señorita Davis. Los últimos se refieren constantemente al hecho de que fuera criada y educada por una madre ambiciosa y enemiga de los hombres, así como al de su «protesta masculina», y, de hecho, a casi todo, excepto a aquellas cosas que los admiradores de la señorita Davis destacan: inteligencia, autodisciplina, capacidad para el trabajo duro y, por encima de todo, ambición.
No estoy nada seguro de que se pueda descubrir algo verdaderamente objetivo sobre la psique de una actriz a partir de los papeles que elige representar o para los cuales se la elige a ella. Es posible, sin embargo, y desde luego no carece de significado, que el primer éxito importante de la señorita Davis fuera como la Mildred de Cautivo del deseo y que más tarde apareciera en filmes de «horror» como ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver.
A quien juzgue posible encontrar a la auténtica Bette Davis entre los dispares personajes que ha llevado a la pantalla, le sugiero que pase por alto Juárez, La solterona, The Private Lives of Elizabeth and Essex, La carta, La loba y Eva al desnudo, y estudie su actuación en uno de sus melodramas más recientes.
La grande dame que Bette Davis retrata en Where Love Has Gone es lo que deberían ser las grandes damas en la vida real. Y la clase de grande dame que la señorita Davis debió de ser.
© 1993. Gene Ringgold, en "Todas las películas de Bette Davis", Barcelona, Odín Ediciones, págs.7-8. (Publicación original: The complete films of Bette Davis, Carol Publishing Group, 1985, 1990).



