Werther, el magistrado poeta, músico aficionado, amigo del pensamiento ilustrado, obligado por su profesión a aplicar la razón, y por su vocación a dejarse llevar por el sentimiento es una figura típica del Romanticismo. Expresa en el mismo personaje las tensiones a las que todo intelectual romántico que se tuviera por tal debía dar respuesta artística. Y es un símbolo universal de la tragedia amorosa. Como personaje y como símbolo está tan pasado de época que no puede existir personaje más propio para una película de Ophuls.

En los años treinta el genio de Saarbrucken filmaba con el convencimiento de que merecía la pena sacrificar la coherencia de los planos (lo que llaman "raccord") en una escena si con ello obtenía un movimiento de cámara sugerente. "Werther" está lleno de errores de raccord, saltos de ejes, algunos muy llamativos. A veces eso se debe al montaje de escenas en las que se combinan planos de decorado con exteriores. Pero otras veces el eje se va al cuerno a la segunda réplica del personaje sin, aparentemente, mayor explicación. De repente, el plano que rechina se convierte en un movimiento descriptivo típico de Ophuls y uno entiende el porqué del desafuero: toda la escena está destinada a preparar ese plano. Esto tiene algo de juego (Ophuls se divertía mucho filmando, aunque sus subordinados lo pasaban fatal) y algo de frívolo, y es cada espectador quien debe emitir su veredicto. A mí me gusta tanto Ophuls, me parece tan delicioso su juego, tan descarada su desfachatez que se lo perdono todo.

No obstante, "Werther", a pesar de contener muchas escenas que ni con movimientos de cámara se salvan y de padecer un pobre y mediocre diseño artístico, está llena de hallazgos que van más allá del simple esgrima técnico. Pierre Richard Willm compone un protagonista perfecto, de espíritu joven y edad madura, admirable y a la vez digno de lástima, que se comporta con la elegancia típica de los héroes ophulsianos en la hora final. Y nadie como Max Ophuls ha filmado con tanta intimidad el ser humano: La noche de bodas de Charlotte y Albert, Charlotte leyendo la poesía de Werther en la escalera, Charlotte despertando de su desmayo, Charlotte rezando para que lo fatal no ocurra...

¿Quién es esa Charlotte? Es Annie Viernay, actriz suiza cuyo nombre no dirá nada a nadie. Es un rostro maravilloso, dulce y ligeramente trágico, que apenas tenía diecisiete años en 1938. Tuvo que huir de Francia cuando estalló la guerra y había conseguido un contrato en los Estados Unidos para hacer películas. Al hacer escala en Argentina, murió de fiebres tifoideas. No había cumplido los veinte años. Se dice que le habían ofrecido el papel de Ilsa en "Casablanca" y que iba para firmar el contrato. La leyenda en el caso de las muertes prematuras es tan hermosa que por una vez imprimiremos la leyenda.